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No es verdad eso de que las personas sean corruptas por naturaleza. No es verdad eso de que todo aquel o aquella que tenga la oportunidad de robar robe. La mayoría de la sociedad está sometida a las reglas impuestas por el poder y resignada a padecer los desmanes de una panda de ladrones. En un sistema de dominio, el poder y la corrupción van de la mano.

Las noticias de corrupción que saltan a los medios de comunicación recogen sólo la de los gobernantes políticos, pero la corrupción no es patrimonio de estos. Las corrupciones más importantes se dan en el núcleo más duro de la clase dominante. Los propietarios o dirigentes de las grandes corporaciones no solamente son corruptores, sino corruptos. Es corrupción la explotación de la clase trabajadora, es corrupción evadir impuestos, es corrupción especular en los mercados, es corrupción asignar las desorbitadas cantidades en calidad de jubilación -por ejemplo- a los directivos de las empresas del IBEX35, es corrupción la compra de entidades ruinosas para luego “reflotarlas”, es corrupción la privatización de empresas y servicios públicos, es corrupción cobrar precios abusivos de los suministros de los oligopolios, es corrupción el trato de la banca a los ahorradores y a los hipotecados, es corrupción agrandar la desigualdad. Es corrupción corromper.

Para dar una opinión personal lo más ecuánime posible sobre como se sufre la Semana Santa cuando se vive en el casco histórico cordobés es recomendable evitar que el “en caliente” se mezcle con la indignación.

 

Si no lo haces así es fácil dejarte llevar y terminar dándole la razón al cínico amigo mío que arreglaría el problema de la avalancha de hiperdulía que secuestra impunemente durante siete días la libertad de movimientos ciudadana. Su varita mágica construiría en el recinto ferial del Arenal un “semanasantódromo” a imitación del carioca “sambódromo” del marqués de Sapucaí.

Entre la neurosis y la psicosis, el terrorismo y la corrupción se han convertido en los dos acontecimientos por excelencia de la posmodernidad contemporánea. Ambos sucesos rompen el discurrir cotidiano, emergiendo de tal falla una consecuencia ética maniqueísta, a un lado la normalidad de la gente que asume el sistema con resignación y en la cuneta de enfrente, los otros, los asesinos que se niegan a hacer suyos los valores de la superior civilización occidental. 

No hay posibilidad de terceras vías o relatos políticos que puedan oscurecer esa dualidad extrema, si bien se intenta configurar una alternativa difusa y confusa bajo la etiqueta de populismo. Tras esa condición etérea, un auténtico cajón de sastre para apuntalar el statu quo tradicional de la derecha versus la socialdemocracia descafeinada nacida tras la segunda guerra mundial, se esconden opciones muy dispares: el fascismo clásico y los restos del naufragio de la izquierda alguna vez transformadora que intenta volver por sus fueros ataviada de nuevas teorías que ya no pretenden nada más que ofrecer un discurso bajo en calorías sin ínfulas de cambiar en profundidad las bases de un nuevo mundo.

Lo que de verdad sirve de nexo para aglutinar mayorías silenciosas a la defensiva es el miedo oscuro al atentado imprevisto en cualquier lugar del llamado mundo libre y permanecer atento a las pantallas para conocer la última fechoría escandalosa del político corrupto de turno. La realidad supera a la ficción con creces. La vida diaria se ha transformado en un inmenso escenario mediático en el que se desarrollan varios thrillers de suspense donde el espectador puede vaciar sus emociones inducidas por los medios de comunicación y volver al calor del hogar a la espera de renovadas intensidades que sacudan por enésima vez sus instintos primarios de supervivencia.

Ante tanta inmundicia terrorista o corrupta, el superviviente se siente a sí mismo como un privilegiado. O casi, porque debe pagar un precio por ello: la neurosis de autoculpabilizarse por ser incapaz de erradicar el dinero sucio que genera su silencio cómplice y el pánico causado por la responsabilidad externa de no entender la complejidad del fenómeno del horror explosivo y terminal que conlleva la acción criminal de una bomba anónima, disparos a discreción o un atropello indiscriminado.

Atrapado en una dicotomía opresora, culpar al diferente o sumirse en la melancolía de la impotencia, solo le queda al ciudadano de a pie adherirse a la normalidad de la masa o bien ensayar soluciones de corte menos estandarizado: criticar la realidad desde sus raíces y el sistema político en que habita. Esto es, no buscar responsabilidades fáciles y atreverse a cuestionar los propios valores como la verdad absoluta. Este ejercicio va contracorriente y tiene mala prensa. Es sumarse al populismo, el adversario interior de las elites.

En tiempos de crisis aguda funcionan muy bien las disyuntivas excluyentes que reducen la realidad a enemigos irreconciliables escondiendo tras su falsa y atractiva retórica los engranajes complejos y profundos que mueven los hilos sociales, económicos, ideológicos y políticos del teatro público. En ese escaparate de mínima expresión la existencia está obligada a decantarse en un modelo digital de 0 y 1. Todo lo que escape a esta premisa es censurable o no ético o irracional o contrario a la costumbre inveterada del pueblo llano.

Es un éxito rotundo del sistema inaugurado por la posmodernidad globalizadota el que tal doctrina simplista haya corroído la voz de la conciencia crítica personal y de la proyección colectiva de los asuntos públicos. En esta soledad existencial las capacidades de resistencia se han anulado casi por completo. El regreso a una espuria autonomía del yo no deja ver que las inmensas mayorías no son más que conjuntos clónicos de individuos repetidos hasta la saciedad. La presunta libertad ha devenido en igualdad uniforme y anodina. Somos esclavos de las marcas punteras, hooligans de las modas pasajeras, adeptos al gesto insulso, amantes de los tics estúpidos que imitan al personaje de paja encumbrado hace un instante.

Alejarse de esa monotonía resulta incómodo. Si osamos hacerlo, todas las miradas convergerán en la figura del rebelde, la nuestra. ¿Será un potencial terrorista o un inmoral o un corrupto? Al menos, un sospechoso, un presunto adversario o rival contra la normalidad establecida. Eso seguro que sí. Como chivo expiatorio en ciernes, dispara las alarmas del tejido social dominante, que activa con celeridad los anticuerpos para restablecer la salud amenazada por la actitud díscola del loco visto como virus nocivo a batir hasta su extirpación definitiva.

No hay seguridad sin justicia social. Aunque las adormideras ideológicas de la propaganda permitan controlar las neurosis y las psicosis colectivas y privadas dentro de un orden u lógica más o menos efectivo, la bomba de la desigualdad, la pobreza y la marginación tendrán que estallar algún día. Nada puede permanecer en la eternidad de la sublimación o de la reclusión indefinida. El centro rico está rodeado de una periferia en harapos. Cuando los excluídos se den cuenta y tomen conciencia que nada tienen que perder y todo por ganar, el mundo puede entrar en un holocausto histórico. Quizá lo nunca visto; tal vez una ventana desde la cual otear horizontes más solidarios y compartidos. No se sabe qué iniciará el proceso, pero vivir sumidos entre la neurosis y la psicosis provocadas por la sangre y el dinero sucio no puede ser un plan a largo plazo. Nuestros sacrosantos valores pueden estallarnos en plena cara en cualquier momento. Y la extrema derecha recogiendo votos del detritus que vamos dejando por agachar la cabeza y continuar enganchados al propio ombligo. Lo que está por venir, sea lo que fuere, ya está en marcha.

 

“Tal vez porque somos un pueblo irredento al cual sólo se lo pudo eximir del vejamen y el dolor por cortos períodos de tiempo, nuestros héroes no son los triunfadores sino quienes remontan la caída.” Silvia Bleichmar. Revista Caras y Caretas, 2006

¿Quiénes remontaron la caída en la noche oscura de la dictadura; quiénes se empecinaron una y otra vez en redimirnos cuando caímos en la trampa del neoliberalismo y se arrasaba no sólo la memoria sino también la justicia, se cabalgaba en la impunidad y se rifaba el país al mejor postor liquidando el derecho a una vida digna que nos llevó al estallido de 2001?

¿Cuántas palabras cargamos al día con el arma de la vanidad, el cinismo o la violencia, cuántos heridas hacemos por el mal uso de las palabras?

No hace falta ser lingüista para percatarse de que la relación que las personas entablan con las palabras, en muchas ocasiones transcurre paralela a la que mantienen con el mundo en general. Pese a quien le pese, palabras como protesta, manifestación o justicia social se encuentran arraigadas y construidas en lo político, en lo más sentido y cercano, en lo cotidiano del día a día, donde se organiza la vida social. El término protestar, del latín protestari, es igual en euskera, gallego, catalán, aragonés, portugués (protestar) y mantiene una marcada similitud en inglés (to protest), francés (protester), italiano (protestare). En rumano la raíz semántica del latín se mantiene, si bien, como los verbos en infinitivo llevan una “a” delante deviene en “a protesta”. Como se sabe, en Rumanía a principios de este año la sociedad salió a la calle para protestar en contra del polémico decreto ley que pretendía despenalizar casos de sobornos, cohechos o conflictos de intereses cuyos daños fuesen inferiores a 44.000 euros. Tras haberlo logrado, la sociedad seguía manifestándose, exigiendo las evidentes responsabilidades políticas que el Ejecutivo del Partido Socialdemócrata (PSD) tiene.

Indignada, escandalizada y exasperada eran algunas de las palabras que mejor reflejaban el estado de ánimo de gran parte de la ciudadanía rumana. Realidad que en esencia, tanto en cuanto supone mantener una actitud crítica y autocrítica, suponía un síntoma de salud moral. Desde una perspectiva sociológica, la corrupción política genera un efecto devastador en las relaciones sociales y económicas y tiende a “justificar” patrones de comportamiento inmorales, centrados en el beneficio individual en perjuicio del social, que terminan por expandirse entre la ciudadanía. Sin embargo, cuando la sociedad protesta y reacciona exigiendo claridad, transparencia y justicia, nos recuerda que, por mucho que se empeñe la clase dirigente aferrada a un sistema del “Homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre) la corrupción no es obligatoria. En este sentido, al salir a la calle, la sociedad no privatiza sus intereses, desentendiéndose de la vida pública, sino que se arma de la voz, para protestar de manera colectiva, conscientes de que la unidad no es una quimera.

Las inflexiones y dilemas ético-políticos que trae el individualismo atroz se expanden en todas las sociedades como escenario del capitalismo global y en esencia, desde una perspectiva ética, se basan en premisas tan simples como perversas: “todos quieren tener por lo que el que más tiene es el mejor” y de ahí al “todo vale” cabe un pequeño paso. Pero no todos los caminos, por mucho que estos se quieran reducir, llegan al individualismo. A través de la protesta no solo se puede innovar y renovar la política, sino introducir discursos, ideas y mensajes, que permitan visibilizar los conflictos existentes desde valores que no son reconocidos de forma práctica por el orden social. Como decía Oscar Wilde, “el descontento puede ser el primer paso en el progreso de un hombre o una nación”. Conforme a esta premisa podemos decir que en Rumanía la sociedad está progresando. Un largo recorrido tiene siempre su origen en un primer paso, la cuestión es no parar y dar un segundo, tercero, cuarto… Pero el poder no solo corrompe, sino que desenmascara. Basta observar como los medios internacionales tienden a obviar que en Rumanía han sido los partidos neoliberales los que han intentado capitalizar las movilizaciones. El interés habla todas las lenguas y desempeña todos los papeles, incluso el del desinteresado…y si el neoliberalismo sabe de algo es de su propio interés.

Parece evidente la tendencia de los partidos políticos y el Gobierno a situarse en una posición puente en la que primen sus intereses y los de los poderes fácticos (económicos y mediáticos) más que su función de representación y defensa de la población que los ha elegido. Las movilizaciones sociales pueden permitir canalizar los descontentos para deslegitimar ciertas dinámicas de poder. Mediante las mismas, la sociedad puede apropiarse de su discurso, rehaciendo el significado de las palabras, porque en esencia, somos hacedores de palabras, construidos y “deconstruidos” con ellas. Una realidad que contrasta con la devaluación de las mismas, algunas de las cuales como amor, solidaridad, libertad, verdad, valentía, lealtad, ética y derechos humanos ... han sido vaciadas de contenido. Pierre Bourdieu advertía del “mercado lingüístico” a través del modelo “habito lingüístico + mercado lingüístico = expresión lingüística, discurso". En ese mercado hay que abastecerse de las palabras con las que uno quiere construirse y reconstruirse y saber rehuir de los eufemismos que más que reemplazar a un término ofensivo, vulgar o hasta tabú, sirven para maquillar aspectos conflictivos pero esenciales. Es el caso del uso político de ciertas expresiones como “ajuste impositivo”, por “incremento de impuestos", “daños colaterales” por “asesinato de inocentes” u “operación” en lugar de “invasión”, con el fin de enmascarar la realidad.

Todo comportamiento lingüístico supone una actuación y responde a un tipo de intereses. Desde la manifestación del 28 de agosto del 1963 por los Derechos Civiles en Estados Unidos en Washington con el lema “Trabajo, Justicia y Paz” hasta el “No a la guerra” proclamado un 15 de abril de 2003 en diversas ciudades del mundo o este año las grandes manifestaciones llevadas a cabo en contra de Trump o la más reciente ocurrida en Barcelona a favor de los refugiados, bajo el lema "clama por desmontar piedra a piedra las murallas y construir entre todos una casa común". Las palabras son a menudo más poderosas que las cosas y los hechos, por eso, aunque su uso y abuso permite muchas veces manipular la historia, a modo del maquillaje lingüístico sobre el que esconder la realidad, su correcta reutilización nos permiten reencontrarnos con nosotros mismos y con la otredad. Por todo ello se hace imprescindible analizar los mecanismos básicos de dominación discursiva y así crear las condiciones para un cambio político y social que beneficie a todos. Cuando una sociedad no manipulada, libremente, sale a la calle, reformula la voz, la propia y la comunitaria, haciéndose eco de la aprehensión del mundo y a modo de una expresión de lo preverbal, clama, exorciza, protesta y evoca  un aullido interno en contra de la concepción sistemática y normativa de los discursos oficiales, que desvela la mentira y la manipulación los verdaderos parásitos del lenguaje instaurados desde el poder. Ante la fuerza de la corrección política en el ámbito de la comunicación, tan sólo cabe el apoderamiento de la palabra, el diálogo y la escucha crítica, el verdadero fin último del análisis crítico del discurso, sin olvidar que todo lenguaje implica a dos sujetos: el que habla y el que oye… el que escribe y el que lee. Y es que en definitiva, tal y como nos recordaba Kafka, jugar con las palabras no es más que jugar con la vida, la propia y la ajena.

 

Rebelión 

José Antonio Mérida Donoso, profesor asociado en la Universidad de Zaragoza y profesor de secundaria.