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A sólo quince días del referéndum del 1-0 sobre la independencia de Cataluña, quiero recordar un diálogo que tuvieron hace 2500 años Sócrates, partidario de respetar las leyes, y su amigo Critón, quien argumentaba que, en una sociedad corrompida, era legal saltárselas a la torera.

 

Sus argumentos cobran gran actualidad en España, donde la opinión pública se encuentra crispada y la mayoría de las instituciones atraviesan una profunda crisis, (espoleada por una creciente falta de credibilidad), tras haber absorbido “el humus de estos tiempos” en los que se pone en duda, incluso, la imparcialidad de la justica.

Es muy viejo el oficio de escalar montañas ajenas apoyado en logros de otros. Es añejo el “arte” de vividores entrenados para viajar en el “sidecar” de la historia. (Jorge Falcone dixit). Hay mil metáforas ejemplificadoras de esa manía perversa que consiste en “chupar la sangre” de alguien que, por bondad o por idiotez, lo permite. Lo vio bien claro, según parece, Bram Stoker con su Drácula desde en 1897. Quizá una suerte de crítica a la cultura dominante.

La prensa del capital, de la derecha y la pseudo izquierda, ha sellado una infame alianza para destruir a Podemos, partido que surgió del levantamiento popular del 15-M para enfrentarse a la corrupción y a “la casta” que ha implantado en España una terrible y creciente desigualdad entre ricos y pobres. 

 

Diariamente me paro en un kiosco de Cartagena y ojeo las cabeceras de los principales periódicos del país. Por primera vez, en décadas, todos coinciden, con demasiada frecuencia, en poner en la portada la misma noticia. Como decía un viejo amigo, revolucionario chileno exiliado en España, “la izquierda capitalista” y la derecha unidas, jamás serán vencidas. 

“No tiene reparo alguno en decir que cada vez que pasa por Villafranca de los Barros siente necesidad de entrar en el Colegio San José para visitar a la Virgen que se venera en la capilla”. La frase es del periodista Antonio Ortiz y el devoto feligrés al que se refiere el reportaje publicado en el diario Hoy el 3 de octubre de 2006 no es otro que Guillermo Fernández Vara, exalumno del colegio jesuita durante siete años y hoy presidente de la Junta. El mismo que, hace unas semanas, anunciaba la concesión de la Medalla de Extremadura a esa corporación religiosa. Así, sin anestesia, sin pudor alguno. Así se hacen las cosas todavía en esta tierra marcada a sangre y fuego con la señal indeleble del caciquismo.

 

El dinero tiene, entre otras infinitas virtudes, una calidad detergente. Y múltiples cualidades nutricias”. En una de sus últimas novelas, Rafael Chirbes ponía este fogonazo de lucidez en la boca de Esteban, uno de esos personajes-abreojos con los que el escritor valenciano retrataba la argamasa moral sobre la que los ricos del país, viejos y nuevos, han construido su dominio a lo largo de décadas. El poder comparte con el dinero su capacidad blanqueadora. La adjudicación de la medalla al Colegio San José persigue acicalar el relato legitimador de la crema social y política de Extremadura y, para ello, nos presenta el privilegio tras el formato de la excelencia educativa. Las élites se condecoran a sí mismas. La familia que reza unida permanece unida, aseguraba el célebre lema del Padre Peyton… Pero aún lo estará más si entre sus miembros se recompensan mutuamente.

Estamos hechos de historias” decía Eduardo Galeano y aquí rescato una historia que nos hace, nos construye como personas, nos enraiza a la tierra, nos da fuerzas para seguir adelante nutriéndonos de la experiencia de quienes estuvieron aquí antes que nosotras. La historia de mi vecina Paca.

 

Su historia es la de cientos de miles de hombres y mujeres que nacieron en el primer tercio del siglo XX y sufrieron la violencia y las consecuencias del golpe de estado militar franquista de 1936.

 

Estas personas, como ella, tienen una edad muy avanzada por lo que no podemos permitir que sus historias se pierdan porque es la historia de nuestros pueblos. Siguiendo esta filosofía me dispuse a organizar una entrevista, una charla con mi vecina Paca y mi amigo Jose (J.A. García Farrona) que es quien me avisó de que ella se mantenía lúcida a pesar de sus 90 años. Y que no lo debíamos dejar ir mucho más tiempo.